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Se cuenta que en la época de los filósofos estoicos, un profesor de Derecho, Protágoras, dio lecciones a un alumno, Euatle. Al finalizar, decidió que su pupilo no cancelaría honorarios hasta ganar el primer caso. El alumno ya provisto del herramental jurídico, resolvió no ejercer la abogacía, lo cual provocó una demanda del profesor.

Cada uno se representó a sí mismo en el juicio y de sus respectivos argumentos surgió entonces la paradoja de los abogados: Protágoras afirmó que si ganaba cobraría porque así lo dictaminó el juez, mientras que si perdía también cobraría, porque Euatle habría ganado su primer juicio;  pero el demandado sostuvo que si ganaba no tendría que pagar ya que así lo dictaminó el juez, mientras que si perdía tampoco pagaría porque aún no habría ganado su primer caso.